
La Torre Eiffel despierta gran curiosidad de fascinación por parte de los seres humanos. Antes de conocerla me preguntaba ¿Qué tiene esa estructura de hierro pudelado de 300 metros que despierta tal entusiasmo en la gente? Y una vez ahí, finalmente lo entendí.
Era la primera vez que viajaba a Europa y estaba fascinada con esta nueva experiencia. Toda mi vida fantaseé con conocer Francia sin realmente creer que algun dia iba a pasar. Más allá de mis ganas de conocer este país de Europa occidental, siempre tuve una particular duda acerca de este fenómeno denominado “Tour Eiffel” en su país de residencia y quise comprobar su efecto en la humanidad por mí misma. Fui con un grupo del colegio, lo que implicó dinámica de grupo para moverse y demás. Éramos muchos, pero la visita al monumento fue perfecta, a no ser de que nuestra argentinidad casi nos deriva en problemas con las autoridades policiales.
La cola para entrar al lugar donde estaba la torre no fue tan larga pero la ansiedad la hizo parecer eterna. Matábamos el tiempo sacando fotos, hablando o simplemente mirando para arriba y admirando la vista que se nos presentaba. Mi mente iba a mil por hora, finalmente estaba ahí y entendía la majestuosidad de lo que estaba frente a mi. Son sensaciones indescriptibles pero a lo que más se asemejan son a nervios, emoción y asombro. Pero mirarla desde abajo no era suficiente, por lo que decidimos comprar la entrada para subir al monumento y tener una vista panorámica y única de París de noche. Como éramos muchos, y como buenos argentinos, Pacho y Mel (profesores) nos dijeron que vayamos a caminar, ellos hacían la fila para las entradas y nos llamaban para retirarlas. No pensamos en que Europa no es Argentina y la gente respeta de verdad las reglas. Por eso, cuando nos llamaron y estábamos pasando por las cadenas de la fila para pasar en frente, un policía encubierto nos preguntó a dónde estábamos yendo y nos mostró la placa de policía. De ahí nos llevó con nuestros profesores y después de una intensa y confusa discusión, debido a las diferencias culturales y lingüísticas, nos dejaron pasar.
La subida fue en un ascensor, todos apretados y subía en diagonal. Una vez arriba, la vista le robaba el aliento a quien fuera. Parecía un show de luces coordinado y especialmente programado para una vista exclusiva de cada uno de los que estaban allí en ese momento. Corríamos de un lado para otro emocionadas, buscando vistas relevantes e impactantes. Llegamos a ver la Champs Elysees, Les Invalides, El Sarcre Cœur y otros monumentos y puntos importantes de la ciudad.
Cuando volvimos al hostel y me acosté al final de ese díia, no pude dejar de pensar, pensar y pensar. No podía creer lo que había vivido ese día, algo que había esperado toda mi vida. Hasta el díia de hoy tengo un recuerdo vivido de las sensaciones y emociones que me recorrieron de la coronilla hasta la punta de los pies y estoy segura de que es algo que siempre voy a atesorar y llevar conmigo a todos lados.
